El Barça, bajo el volcán del Nápoles | Fútbol | Deportes

El Nápoles es un equipo ciclotímico que juega con una vela a Dios —al argentino— y la otra al sismógrafo. Un club complejo y condenado a la lógica de un diván que se tambalea encima de un volcán. Anoche, por ejemplo, se cargaron a Walter Mazzarri, el segundo entrenador en lo que va de año, y contrataron a uno nuevo que debutará en el partido del miércoles en la semifinal de Champions con el Barça. Es complicado explicar qué son, porque probablemente ni ellos mismos lo saben. O porque son demasiadas cosas a la vez.

Las relaciones de amor no se eligen, te fulminan como un rayo en la tormenta. O como una caída torpe buscando la luz del baño en plena noche, depende de las ínfulas de cada uno. Con los clubes ocurre algo parecido. El interés primigenio nace por proximidad afectiva o geográfica. El equipo de tu ciudad o de tu barrio. O del que fue tu padre. Y por eso cuando ya no le tienes en el sillón del salón el domingo, cada partido te recuerda a él. Luego, muy distinto, es buscar equipo cuando vas a vivir fuera e intentas comprender un nuevo país a través de una camiseta. Me ocurrió al llegar a Italia en 2018 y encontré un club que jugaba un derbi cada fin de semana. Un equipo al que prácticamente odia el resto y cuya afición soporta cada domingo algún insulto racista. Esa podría ser una parte.

Hay algo de victimismo en todo este relato. Pero es verdad que un napolitano solo juega en casa cuando está en Nápoles. Y a veces ni eso. En los últimos años no ha dejado de crecer esa animadversión. La Lazio, el Inter, el Milan, la Juventus, el Verona… Incluso la Roma, cuyas aficiones estaban hermanadas hace no tanto tiempo. “Vesubio, lávalos con fuego”. O la última moda en discotecas romanas: bailar al son de “Vesuvio erutta, tutta Napoli è distrutta” cambiando el estribillo de la mítica canción Freed from desire.

El antinapolitanismo es un sentimiento permeable también fuera de los estadios. Y no es fobia al sur. O no solo. Los partenopeos también mantienen disputas con sicilianos o calabreses. La ciudad es una fabulosa e indescifrable isla dentro del país. Quizá por eso también Maradona —patrón oficioso, con permiso de San Gennaro— se enamoró de un equipo y de un lugar que eran pura contracultura. Y en la semifinal del Mundial de Italia, en el partido Argentina-Italia, pasó aquello. “Yo quiero solo el respeto de los napolitanos, no que me animen porque ya sé que los napolitanos son italianos… aunque sea el resto de italianos quienes deberían entender que también los napolitanos son italianos”. Política pura. Y claro, medio estadio terminó celebrando la victoria albiceleste.

El caso es que, a partir de entonces, el club fue condenado a 33 años y tres días en blanco desde que había ganado su último scudetto con Maradona. La institución quebró, desapareció, solo quedó un estadio, un puñado de pagarés y el eco de una afición infatigable. Lo compró el productor Aurelio de Laurentiis en 2004 y aparecieron Benítez, Higuaín, Hamsik, Insigne, Mertens… Y el año pasado Luciano Spalletti y la inspiración genial del presidente obraron el milagro. O más bien una arriesgada filigrana de planificación con la que se deshicieron de medio equipo para hacer caja y trajeron a buenísimos jugadores como Osihmen o el impronunciable Kvaratskhelia, para levantar otro scudetto y, quén sabe, si celebrarlo durante otros 33 años.

Todo se ha ido al garete. De Laurentiis se equivocó demasiado este verano y el Nápoles va noveno a nueve puntos de la zona Champions. La buena noticia para el Barça, justamente, es esa naturaleza volcánica del club, de la ciudad y de su presidente: quizá la única en el mundo más autodestructiva que la culé. La mala, en realidad, es la misma que la buena. Y que el equipo se juega la temporada el miércoles.

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